El Acueducto Colonial de la Ciudad de Chihuahua

El Acueducto Colonial de la Ciudad de Chihuahua

De acuerdo con su acepción del diccionario, se debe entender como reliquia un residuo que queda de un todo, un vestigio de cosas pasadas, simplemente una cosa muy antigua, o bien, un objeto o prenda con valor sentimental. Y si existe algo en esta tricentenaria ciudad que embone a la perfección con todas esas definiciones, sin duda, es el Acueducto Colonial.

Después de todo, si bien su trayectoria no lo hace, su historia corre de un modo paralelo a la de la ciudad. De hecho, es imposible concebir ésta sin la presencia de aquél que por siglos tomó prestadas las aguas del río Chuvíscar para prodigarlas a una comunidad que creció y se desarrolló literalmente bajo sus arcos.

Brillante pasado

El Acueducto Colonial de la ciudad de Chihuahua debe considerarse de hecho la primera obra de agua potable en esta pujante comunidad. Su historia en forma inicia en 1738, con la Casa de Ensaye de la Villa de Chihuahua, que ensayaba y quintaba los metales extraídos de Santa Eulalia, cobrándose a los productores cinco pesos por millar de marcos, los cuales quedaban en beneficio de los Gobernadores de Nueva Vizcaya.

En 1751 el Virrey de Nueva España previno que los expresados funcionarios reintegraran las cantidades que se habían aplicado por dicho concepto y lo que en lo sucesivo se cobrara se destinara exclusivamente a la construcción de un acueducto que surtiera de agua a la población.

La obra se inició el día 12 de diciembre del mismo año, vigilada por un regidor, un mayordomo y los maestros albañiles Cristóbal de Villa y Agustín Guijarro. Pero en 1768, habiéndose invertido hasta esa fecha la cantidad de 110 mil 336 pesos, fueron suspendidos los trabajos a causa de la atención de operaciones contra grupos indígenas. Quizá fue el primer desvío de fondos del que se tuviera noticia en estas tierras.

Entonces el acueducto apenas llegaba a los suburbios (más o menos por la actual colonia Guadalupe) de la población y el Ayuntamiento arrendaba las aguas para regar algunas labores agrícolas y para una hacienda de beneficio de metales. La obra continuó 10 años más tarde, cuando se ordenó que esos fondos no se siguieran ocupando para gastos de guerra, aunque fue necesario invertirlos en algunas reparaciones urgentes para evitar desperfectos y fugas de agua.

En 1786, el Ayuntamiento invirtió en el fomento del acueducto un donativo de mil 866 pesos hecho por un vecino, a la que se agregó una partida de 836 colectada entre otro grupo y otras partidas de fondos propios, logrando hacer llegar el agua a la “Alameda Vieja” (Parque Lerdo) y se establecieron las primeras fuentes dentro del perímetro de la población.

Después de años de suspendidos los trabajos, éstos se reanudaron en 1805, habiéndose construido una acequia principal auxiliar que llegó hasta el crucero de las actuales calles Vicente Guerrero y Allende y varias pilas de abastecimiento intermedias, situándose la última que se denominó “San Felipe” en el terreno que hoy ocupa el Supremo Tribunal de Justicia. Las más conocidas acequias para la dotación de agua, además de la de San Felipe, eran la Pila Principal, ubicada en la Plaza de la Constitución, así como la Pila Pérez en la confluencia de las calles Décima y Allende.

El 2 de junio de 1895 se pusieron a funcionar los primeros cuatro filtros para purificar el agua, en el barrio de las colonias Jalisco (hoy Cuarteles) con un costo de 75 mil pesos. E incluso, cuando las acequias auxiliares de cal y canto y las pilas y fuentes fueron desapareciendo del recinto de la ciudad, el acueducto principal prestaba todavía en 1969 el mismo servicio primitivo desde la boca toma hasta la planta de filtros. En su momento de esplendor, la obra constó de aproximadamente 5 kilómetros de extensión, de los cuales en nuestros días se conservan cuatro de ellos que preservan parte de la arquería original, pero no la misma suerte.

Contrastante presente

Lo que otrora fue una obra indispensable para la supervivencia de la ciudad, hoy es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad, tan sólo en un par de sectores, porque en el resto de su trayectoria no alcanza siquiera categoría de ornato.

Y es que si bien los extremos de aquella centenaria obra se pueden distinguir dentro del primer criterio de clasificación gracias a su privilegiada ubicación (como la sección ubicada a un costado de la avenida Zarco) o a la ayuda de las autoridades (como el Parque del Acueducto), existe una cara del acueducto que puede definirse como esa especie de reliquia que de antigua, tiende a olvidarse.

No es necesario batallar mucho para su ubicación, pues ese segmento de la obra colonial se encuentra en el justo medio de ambos extremos, partiendo con una línea mixta en dos lo que hoy es la colonia Campesina, enterrado casi hasta arriba por vecinos que cimentaron sus casas en el agreste terreno en algunas secciones, convirtiendo su canaleta, en el mejor de los casos, en una rústica maceta. No se puede decir que en otro lado, sobre el arroyo, el acueducto corrió mejor suerte, pues amén de estar tapizado de basura a sus lados y su canaleta, la rapiña y el grafitti son el pan de todos sus días. Incluso es zona de alto riesgo, pues muchos niños acostumbran jugar en sus alturas.

Es por eso que el acueducto se puede considerar de manera ambivalente como una reliquia, dada su calidad de residuo por un lado y de su inconmensurable valor sentimental. Dentro de los próximos 300 años de la ciudad de Chihuahua, ¿cuál de estas acepciones terminará por imponerse?

Fuente: eloficiodehistoriar.com.mx

 

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